Tras varios retrasos, hace finalmente su entrada en Madrid procedente de Nápoles Carlos III, para hacerse cargo del trono de España. A sus 43 años se ha convertido en una persona experimentada y madura que combina la calma y la frialdad con la firmeza y la seguridad en sí mismo. Reinará hasta su muerte en diciembre de 1788.

Carlos III fue un gobernante inusual e irrepetible. Siempre intentó legislar de cara a mejorar la vida de sus súbditos en vez de añadir sufrimiento al respetable. Poco dado a medrar por palacio y a la pompa cortesana, se escapaba con bastante frecuencia a cazar perdices, gamos y piezas varias en los alrededores de Madrid, eso sí, con su cuaderno de campo en el que tomaba buena nota de sus reflexiones para construir un reino mejor. Era un rey vocacional, que no ornamental. Es posiblemente la mejor encarnación o representación del despotismo ilustrado.

Pero si algo hizo bien Carlos III fue rodearse de competentes y sabios muñidores de actuaciones cuasi revolucionarias en su firme apuesta por la renovación del estado con una clara visión de futuro. Entre ellos destacarían Zenón de Somadevilla, Marqués de la Ensenada de corte francófilo y Don José de Carvajal, de carácter más anglófilo, heredados de la administración de su padre más que producto de una elección propia.

Ambos, enormes y comprometidos patriotas intentarían mantener el país estabilizado y distante de la fagocitadora voracidad de las guerras en curso para devolverle el pulso después de dos siglos de incesante sangría. Los dos, al alimón, apoyados en una comprometida amistad entre ellos y su rey, renovarían hasta los cimientos la hacienda y la administración públicas.

En su historial de luces y sombras, quedan para la posteridad los patinazos dados en el tema del motín de Esquilache por la cuestión de los chambergos o casacas típicas de la época y el afán de su ministro por meter la tijera de manera indiscriminada en los atuendos de los españoles.

Por otro lado, el Pacto de Familia con los franceses nos trajo algunos disgustos por los compromisos contraídos ya que el eterno contencioso con los ingleses empezaba a eternizarse.

A pesar de estar rodeado de monarquías absolutistas, este ecuánime rey impulsó reformas por doquier. El reparto de tierras comunales y el troceo de latifundios para su distribución entre los desfavorecidos fue un hito que tuvo que enfrentar no sin sortear dificultades obvias.

Enfrente tenía a los eclesiásticos y a la aristocracia, casi nada. Finalmente, su tenaz apuesta en este sentido, alumbraría en Sierra Morena la población de La Carolina, modelo de apuesta audaz y equilibrada. Doce mil campesinos a los que se adjudicarían lotes de tierra, material para construir sus viviendas y aperos de labranza, crearían un polo de desarrollo singular.

Cuando el rey murió en 1788, terminó la historia del reformismo ilustrado en España, pues el estallido casi inmediato de la Revolución francesa al año siguiente provocó una reacción de terror que convirtió el reinado de su hijo y sucesor, Carlos IV, en un periodo mucho más conservador.

En seguida, la invasión francesa arrastraría al país a un ciclo de revolución y reacción que marcaría el siglo siguiente, sin dejar espacio para continuar un reformismo sereno como el que había desarrollado Carlos III.

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