Tal día como hoy, de 1888, tiene lugar una de las primeras revueltas populares contra la explotación infantil y la degradación medioambiental producidas por las minas de Río Tinto (Huelva), al hacer uso, la compañía inglesa que la explota, de “teleras”: montañas de mineral que se quemaba al aire libre y que hacían este tóxico e irrespirable. Unas protestas que costaron cien vidas.

Cuentan que las emanaciones de dióxido de azufre llegaban a la sierra de Sevilla y a Portugal. En Riotinto, la gente huía del pueblo y de la mina en busca de aire más limpio. La situación se había hecho intolerable. Tanto es así, que en el propio Reino Unido la combustión del mineral al aire libre llevaba 24 años prohibida.

La enorme nube negra que se formaba sobre el cielo de Ríotinto, Nerva y otras aldeas cercanas, a la que popularmente llamaban “la manta”, generaba unos efectos altamente perniciosos para la agricultura, única fuente de riqueza para la zona.

Calcinación de mineral al aire libre en las minas de Riotinto, mediante el procedimiento que producía las «mantas de humo» que arruinaban la vegetación.

Para remontarse al origen de este episodio tenemos que retroceder hasta 1873, año en el que el Estado español vendió a los ingleses las famosas minas de cobre por 92 millones de pesetas. Una especie de capítulo rezagado de la desamortización que provocó que, hasta 1954, el selecto staff formado por los directivos de la compañía establecieran una especia de apartheid británico sobre la población y los más de 10.000 mineros que trabajaron en los yacimientos.

Los agricultores y sus partidarios llegaron a formar la “Liga Antihumanista”, que criticaban los abusos en los procesos de la mina y exigían su sustitución por otros. Pero la Río Tinto Company tenía demasiado poder, hasta el punto de establecerse como una auténtica autoridad colonial en la zona durante 81 años. Tenían a la administración bajo su protección para avalar su argumento de que, dadas las condiciones del mineral de la minas y la coyuntura internacional, no podían costear otro sistema que les diera beneficios.

La suma de todos estos descontentos culminó en la famosa manifestación del 4 de febrero de 1888, que pasó a la historia como “El año de los tiros”, pues terminó en una masacre cuyas magnitudes, 130 años después, aun no ha sido esclarecida del todo.

El 1 de febrero se inició la huelga de mineros, que fue creciendo los dos días posteriores. Al mismo tiempo, los agricultores afectados por el dióxido de azufre, con el pueblo de Zalamea a la cabeza, comenzaron a preparar una marcha sobre Ríotinto para pedir la suspensión de las calcinaciones. El día 4, ambas manifestaciones se encontraron a la entrada de la localidad y decidieron unirse en una sola, para dirigirse a la plaza del Ayuntamiento. Las consignas establecidas estaban claras: “¡Abajo los humos! ¡Sólo queremos justicia! ¡Viva la agricultura!”.

Cuando los cabecillas subieron a hablar con el alcalde y los concejales para negociar, estos no se atrevieron a tomar ninguna decisión por las presiones que recibían de la compañía. Entonces llegó el gobernador civil de Huelva, Agustín Bravo y Joven, dispuesto a poner orden. Primero se negó a que el poder local suprimiera las calcinaciones y, después, salió al balcón a increpar a los miles de manifestantes que allí se congregaban. Tras él salió el teniente coronel del Regimiento de Pavia, llegado al pueblo ante la solicitud de refuerzos. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado.

Se oyó una primera descarga sin que nadie supiera a ciencia cierta de dónde venía, ni quién había dado la orden. Luego siguieron nuevas descargas a bocajarro e, inmediatamente después, un ataque con bayonetas. A los quince minutos de despejarse la plaza, el suelo quedó repleto de muertos y heridos. Los cadáveres, entre cien y doscientos, se hicieron desaparecer en escombreras o en antiguas minas abandonadas, mientras que los heridos graves eran atendidos a escondidas en las propias casas, en pésimas condiciones, por miedo a llevarlos a los hospitales.

Estos trágicos hechos fueron novelados en 1898 por Rafael Moreno Domínguez en la obra “1888, el año de los tiros”, y por el escritor Juan Cobos Wilkins, natural de la localidad, “En el corazón de la tierra” (2001), que fue llevada al cine en 2007 por Antonio Cuadri con el mismo título.

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