Por decreto de las Cortes de Cádiz se crea la Orden Nacional de San Fernando para premiar las acciones distinguidas realizadas desde el soldado hasta el general. Se promulga el Decreto número LXXXVIII de creación de la Orden con el fin de “excitar el noble ardor Militar que produce acciones distinguidas de guerra”, prohibiendo además, a partir de entonces, la creación de nuevas condecoraciones.

La Laureada, la más alta condecoración de nuestro Ejército y, posiblemente, la más difícil de alcanzar en el mundo, indica muy claramente que quien la ha conseguido ha realizado un acto heroico y que, por tanto, merece los máximos honores y respeto.

Se crean cinco clases de cruces, aunque en puridad son tres: de plata, de oro y Gran Cruz. Las de plata y Oro podían ser laureadas o no, dependiendo de si era la primera o segunda acción distinguida. Las de plata se concederían a toda la clase de tropa y sargentos y las de oro para todos los oficiales y cadetes. Igualmente para los Generales se concedía, tras la segunda acción distinguida, la distinción de llevar una banda roja fileteada en naranja, que son desde entonces los colores de la Orden.

Las siguientes acciones heroicas efectuadas por el mismo individuo se premiaban con rentas vitalicias, saludos y descargas de fusilería de las unidades. Si además la acción era tan heroica y extraordinaria que no venía reflejada en los artículos, el mismo Reglamento preveía el reconocimiento por las propias Cortes de la Nación proclamando su nombre e inscribiendo el mismo con letras de oro en la Sala de Sesiones. Seis acciones distinguidas y calificadas, dan lugar a que se conceda la Nobleza hereditaria.

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