Giovanni di Pietro Bernardone, más conocido como Francisco de Asís, monta el primer belén en Italia.

Se cuenta que mientras recorría la pequeña población de Rieti en 1223, la Navidad lo sorprendió en la ermita de Greccio y fue allí donde todo comenzó. Tuvo la inspiración de reproducir en vivo el nacimiento de Jesús y la hermosa idea se propagaría por toda Italia, España y el resto de la Europa católica.
Fue en Nápoles, hacia finales del siglo XV, cuando comenzaron a reproducirse en figuras de barro a los protagonistas de esos fantásticos belenes vivientes que se sucedían ya por todo el mundo. Una representación a escala, como motivo decorativo durante la festividad navideña.
Retomando la original idea de San Francisco, llegó el alegre y exultante día de la representación. Se citó a los vecinos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, y prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche.
 
En una gruta prepararon un altar sobre un pesebre, junto al cual habían colocado una mula y un buey. Aquella noche, como escribió Tomás de Celano, se rindió honor a la sencillez, se exaltó la pobreza, se alabó la humildad. La población de Greccio se convertiría en una nueva Belén.
Para una celebración tan original, Francisco obtuvo el permiso del papa Honorio III y la homilía correría a su cargo, ya que era diácono. Los vecinos de la localidad disfrutaron de aquella preciosa recreación y cuentan las crónicas eclesiásticas que volvieron contentos a sus casas, llevándose como recuerdo la paja que sirvió de atrezzo al belén.
San Francisco permanecería en Greccio hasta pasada la Pascua de 1224.
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