El juez estadounidense Robert Jackson, que actuaba como fiscal principal en los Juicios de Núremberg, pronuncia el discurso de apertura por la Fiscalía en el Tribunal Militar Internacional.

Robert Houghwout Jackson -abajo en la imagen-, uno de los abogados más conocidos y exitosos de su época en Estados Unidos, era conocido por ser un Gran orador y bastante apreciado por sus escritos legales y su argumentación.

Recordado por su excelente trabajo durante los juicios del Tribunal Militar Penal de Núremberg, en el cual buscó exponer la maquinaria del nazismo y los terribles crímenes cometidos en la Alemania Nazi. Su discurso de apertura y cierre de los juicios son considerados por muchos académicos y abogados como los mejores del siglo XX.

En el discurso de apertura, hizo referencia a la llamada “justicia de vencedores”, la cual es la que se usa cuando al finalizar una guerra o conflicto armado el que decide los términos de justicia, reparación y verdad es quien haya vencido al oponente en este conflicto o guerra que se estaba llevando a cabo.

Esta justicia de vencedores debe ser a toda costa evitada al no ser una justicia objetiva e imparcial, siendo muchas veces una venganza disfrazada utilizada por los vencedores para castigar al enemigo y para poder ocultar sus propios crímenes gozando de impunidad.

He aquí un extracto de su discurso inicial:

“Por desgracia, la naturaleza de estos crímenes es tal que tanto el juzgamiento y la sanción deben ser llevados a cabo por las naciones vencedoras sobre los de enemigos vencidos. El alcance mundial de las agresiones llevadas a cabo por estos hombres ha dejado a pocas personas que puedan ser llamadas neutrales. Por lo tanto los vencedores deben juzgar a los vencidos o serán los derrotados quienes deban juzgarse a sí mismos. Después de la primera guerra mundial, hemos aprendido la futilidad de este último supuesto. La anterior posición social de estos acusados, la notoriedad de sus actos, y la adaptabilidad de su conducta a provocar represalias hacen que sea difícil distinguir entre la necesidad de una retribución justa y medida, y el grito irreflexivo de venganza que surge de la angustia de guerra. Es nuestra tarea, en la medida de lo humanamente posible, trazar la línea divisoria entre estas dos. No debemos olvidar que el registro en el que juzgamos a estos acusados hoy es el registro en el que la historia nos juzgará mañana. Pasar a esos acusados un cáliz envenenado es ponerlo en nuestros propios labios también. Debemos hacer un llamado a tal desprendimiento e integridad intelectual para que nuestra tarea en este juicio prevalezca en la posteridad como el cumplimiento de las aspiraciones de la humanidad para hacer justicia”.

Pese a su gran trabajo, no prosiguió su labor con posterioridad al gran juicio en las causas menos públicas, puesto que el presidente Roosevelt le había prometido off the record nominarlo como presidente de la Corte Suprema. Ante la muerte del presidente, su sucesor Harry S. Truman no lo favoreció en su decisión y nominó a otro en su lugar.

Murió a los 62 años en Washington.

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