Tal día como hoy, de 1957, llega al puerto de Castellón de la Plana, en la comunidad valenciana, el buque soviético Crimea -arriba en la imagen- con 412 españoles repatriados de la Unión Soviética.

Tras la muerte de Stalin en 1953, se inicia un período de un relativo deshielo de las relaciones del régimen franquista con la Unión Soviética. Ya hacía años de la derrota del Eje, al que Franco había apoyado con el envío de la División Azul a combatir contra los soviéticos, y España entraba en la ONU (1955). Todo esto propició que en 1957 se produjera el acuerdo para el regreso de los ‘niños de la guerra’ -que lo desearan- a España.

El traslado se organizó con discreción, aunque no dejó de tener un componente publicitario paradójico: el régimen intentó aparecer como “salvador” del peligro soviético a aquellos que marcharon como menores.

Entre ese año y el siguiente llegarían a España cerca de la mitad de los jóvenes enviados a la Unión Soviética. Los retornados encontraron a su vuelta un régimen hostil, la desconfianza de unas autoridades que sospechaban de su filocomunismo y, sobre todo, unas familias que dejaron ir a niños y que recibían tras casi veinte años a adultos, en ocasiones padres de familia a su vez, con otra educación y experiencias vitales opuestas. El reencuentro por tanto no fue fácil y un número no despreciable decidió finalmente regresar a la Unión Soviética.

De los alrededor de 30.000 ‘niños de la guerra’ que fueron evacuados de España por el Gobierno de la República durante la Guerra Civil española, se calcula que alrededor de 3.550, de entre 3 y 15 años, fueron enviados entre 1937 y 1938 a la Unión Soviética para alejarlos de los horrores de la contienda y los bombardeos.

Niños durante de los preparativos de su evacuación de la Guerra Civil Española.

No obstante, en las seis expediciones de repatriación que se realizaron desde la URSS a España a mediados de la década de los cincuenta, regresaron alrededor de 7.000 españoles, de los que solo 2.895 serían realmente ‘niños de la guerra’ -aunque ya tenían de 23 a 35 años, como hemos comentado-, mientras que el resto, conocidos como los “mayores”, eran dirigentes comunistas y militares y otro grupo de pilotos y marineros a los que el final de la contienda española les pilló en territorio ruso.

Tras la caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, un número considerable volvió a España. Los que permanecieron definitivamente en la Unión Soviética, concretamente en Moscú, solían reunirse en las salas de alguna fábrica, en el Club Chkálov o en el propio Centro Español (también conocido como Casa de España).

Los que volvieron, ya fuese a través de asociaciones (entre ellas las de Asturias, País Vasco o Madrid) o de un modo más informal, también siguieron frecuentándose en los lugares de los que eran originarios y a los que volvieron. En todo caso, la situación para todos ellos nunca dejó de ser peculiar, debido a que España no mantuvo relaciones diplomáticas con la Unión Soviética hasta los últimos meses de la dictadura, en 1977.

Incluso en algún aspecto se vieron perjudicados por la caída del régimen soviético, quedando en un limbo legal del que salieron en 1990, con la concesión de la posibilidad de recuperar su nacionalidad “perdida” por parte de las Cortes españolas. Posteriormente, en 1994, obtendrían el derecho a recibir pensiones de jubilación, invalidez y supervivencia.

En 2005 se reconoció, tanto a los aún residentes en el extranjero como a los retornados, el derecho a una prestación económica por su condición de menores exiliados que pasaron la mayor parte de su vida fuera de España. Dicha ley incluía asimismo mecanismos para la cobertura sanitaria cuando ésta fuese insuficiente en el lugar de residencia.

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