17 de enero de 1966, 10:22 de la mañana. Cielo azul y soleado sobre la pequeña localidad de Palomares, en Almería. Fuertes ráfagas de viento y mar embravecido: 18 grados. Los estudiantes ya están frente a sus pupitres, los agricultores en los campos y los pescadores atentos a las redes. A 9.300 metros de altura, un bombardero B-52G estadounidense que regresa a su base en Carolina del Sur, e intenta repostar en vuelo a 400 kilómetros por hora, choca con su avión nodriza. Siete hombres mueren y caen sobre Palomares cuatro bombas termonucleares de 1,5 megatones cada una, 75 veces más destructivas que la que redujo Hiroshima a cenizas.

Dos bombas de Palomares en el National Atomic Museum de Albuquerque, Nuevo México.

Ese día, según se acuñó entonces, “la mano de Dios protegió a Palomares”. Aquellas infernales bombas no explotaron, pero el accidente activó una reacción en cadena de propaganda, mentiras y dudas radiactivas que medio siglo después distan de estar resueltas.

El material nuclear de dos de ellas se desparramó por el impacto, impregnando de plutonio radioactivo los cercanos campos de labranza. Una tercera bomba impactó en el cauce seco del río Almanzora y se recuperó casi intacta. La cuarta cayó en el mar, en lugar desconocido y, tras una extensa búsqueda, consiguió recuperarse.

El gobierno franquista no suministró protección de ninguna clase a los guardias civiles que participaron en la limpieza, protección que sí llevaba el personal estadounidense. El plutonio-239, utilizado en las armas nucleares, emite radiación alfa y tiene una vida media de 24.100 años. Nunca se realizaron estudios epidemiológicos sobre enfermedades asociadas a la radiactividad y a la toxicidad química del plutonio ni a nivel local ni entre los guardias civiles que participaron en la limpieza.

Españoles y estadounidenses trabajan en el lugar del accidente de dos aviones en Palomares.

La dictadura, bajo presión del Gobierno estadounidense, mantuvo secretos los informes de monitorización médica hasta que el gobierno socialista finalmente los desclasificó en 1986. Y es que aproximadamente el 29% de la población de Palomares, presentaba trazas de plutonio radiactivo en su organismo.

Dave Philips, articulista de The New York Times, escribió en 2016 para su periódico:

“Hoy, esas dos bombas serían calificadas como bombas sucias y se evacuaría a las personas que estuvieran cerca. En aquella época, para minimizar lo sucedido, la Fuerza Aérea dejó que los habitantes del pueblo se quedaran allí”.

Con la foto de Fraga y la limpieza total de la zona, según las informaciones difundidas en aquel momento, se puso fin a la crisis. Mientras tanto, cada vez que llega el 17 de enero, la población de Palomares vuelve a sufrir el estigma de ser el pueblo “de las bombas nucleares” con el consecuente enfrentamiento en el pueblo entre los que quieren que se limpie y los que quieren olvidar el episodio bajo kilos de hormigón.

Soldados estadounidenses retiran las cosechas y tierras contaminadas en Palomares.

La maquinaria diplomática pareció ponerse seria en octubre de 2015 cuando el ministro de Asuntos Exteriores José Manuel García-Margallo firmó con su homólogo norteamericano, John Kerry, un acuerdo por el cual Washington se comprometía a rehabilitar Palomares y a llevarse los residuos a un emplazamiento adecuado en EEUU. Sin embargo, esto sienta un precedente peligroso para EEUU, ya que muchos otros países podrían reclamarle reparaciones similares, pero lo cierto es que el texto no dice ni cuándo se va a llevar a cabo ni qué método se usará y tampoco aclara quién va a pagar el coste.

La opacidad española sobre Palomares aún continúa hoy en día. No existe una copia pública del plan de rehabilitación de Palomares, sólo declaraciones a la prensa o ponencias en congresos internacionales.

Palomares, hoy
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