Irma Ilse Ida Grese, sádica supervisora de prisioneros en los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau, Bergen-Belsen y Ravensbrück durante la Segunda Guerra Mundial, es condenada y ejecutada en la horca por los Aliados.

Fue apodada “La bella bestia”, “La cancerbera” o “La perra de Belsen” por los prisioneros de estos campos, a causa de su comportamiento inhumano y perverso. Estamos ante una de las más crueles y famosas criminales de guerra nazis, a pesar de su corta edad (22 años).

Hija de un agricultor que disentía del Partido Nazi, Irma dejó la escuela a los quince años, debido al poco empeño en los estudios y a sus intereses fanáticos en participar de la Bund Deutscher Mädel (Liga de la Juventud Femenina Alemana). Algo que su padre no aprobaba.

En 1942, con 19 años, se presentó como voluntaria para un entrenamiento en el campo de Ravensbrück, lo que provocó la furia de su padre, contrario a este trabajo. Cuando Irma llegó a casa con el uniforme, su padre la echó de casa, entonces ella lo denunció y consiguió que lo metieran en la cárcel.

En 1943 ingresó en el Campo de concentración de Auschwitz, donde sería ascendida al poco de llegar, con más de 30.000 reclusas de origen judío a su cargo. El ascenso se produjo a causa de su enorme fanatismo nazi y el considerable sadismo que desarrolló.

Después de Auschwitz, su sadismo continuó en otros campos como Ravensbrück y Bergen-Belsen, siendo detenida el 15 de abril de 1945 por los británicos en el último de ellos, junto a otros integrantes de las SS.

Irma Grese y Josef Kramer, detenidos por las autoridades británicas poco después de la liberación del Campo de concentración de Bergen-Belsen.

Irma Grese era conocida por soltar jaurías de perros que se lanzaban sobre las presas para devorarlas, asesinar a internas a tiros a sangre fría, torturar a niños o por propinar palizas con látigos trenzados hasta provocar la muerte de las víctimas.

Irma Grese en el banquillo de los acusados (con el número 9) durante los juicios de Belsen.

Algunos testimonios de sus víctimas, las pocas que quedaron con vida, lo dicen todo por sí solos:

“El terror mortal inspirado por su presencia la complacía indudablemente y la deleitaba. Porque aquella muchacha veinteañera carecía en absoluto de entrañas. Con mano segura escogía a sus víctimas, no sólo de entre las sanas, sino de entre las enfermas, débiles e incapacitadas”

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