En Sevilla se pregona públicamente el bando real de expulsión de Andalucía de los moriscos (musulmanes españoles bautizados tras la pragmática de los Reyes Católicos del 14 de febrero de 1502).

La expulsión se realizará en condiciones brutales e incluso se producirán matanzas que llenarán de amargura y dolor a una minoría que será crítica con el odio, satisfacción e indiferencia del resto.

Cuadro del siglo XIX de Francisco Domingo Marqués que falsea la realidad de la expulsión de los moriscos para ensalzar la figura de Juan de Ribera, cuyo papel en la misma fue bien diferente, ya que “puso todo su empeño en que no quedase ni la menor semilla de la odiada secta -de Mahoma-“.

Según los datos de la época, el número de moriscos, ascendía  a unas 30.000 personas, de los 325.000 que habitaban en toda la península. Para hacernos una idea, por aquel entonces, España tenía 8,5 millones de habitantes.

Entre las múltiples razones que barajan los historiadores para que Felipe III diera luz verde a lo que su padre no se había atrevido a hacer 40 años antes, destaca la creciente amenaza para la seguridad interna que suponían los moriscos.

Retrato de Felipe III de España por Velázquez.

El espectacular aumento demográfico de esta población, que en general seguía practicando el Islam en secreto, amenazaba con facilitar futuras invasiones extranjeras. Según los informes que manejaba la Corona, los moriscos de la región aragonesas habían contactado con el Rey de Francia, Enrique IV, para llevar a cabo una sublevación general con apoyo de barcos franceses.

Aunque el plan podía no ser cierto, la posibilidad estaba ahí como lo había estado cuando Felipe II sospechó que los moriscos conspiraban con el Imperio Otomano para invadir España.

Curiosamente, aunque se alzaron algunas voces críticas por la Europa cristiana, la expulsión también obedecía al intento de acabar la idea que corría por Europa sobre la discutible cristiandad de España a causa de la permanencia de los moriscos. Igual que ocurrió con la expulsión de los judíos de 1492, la Monarquía Hispánica buscaba con estas medidas sacudirse la fama de país de conversos y de herencia musulmana.

Dentro del plano personal, la Reina Margarita de Austria sentía aversión religiosa contra los moriscos y no resulta complicado imaginar que su opinión pudo influir poderosamente en Felipe III.

El primer lugar del que fueron expulsados los moriscos fue de Valencia. Más tarde, llegaría el turno a Andalucía. Cuando el 12 de enero de 1610, llegó la orden de expulsión a Andalucía, entre otras cosas decía lo siguiente. Los moriscos podían vender sus bienes muebles. Pero al pasar por la frontera no podían llevarlo en oro. Sino en “mercancías no prohibidas”. Y por supuesto, pagando el derecho de aduana correspondiente.

Embarque de moriscos en el Grao de Valencia, pintado en 1616 por Pere Oromig.

Y otra cláusula era, que los niños menores de 7 años debían ser abandonados. Sólo podían acompañar a sus padres si iban a algún país cristiano.

Algunos moriscos, lograron quedarse en España contando con la ayuda de pobladores, que no les veían como enemigos.

 

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